martes, 15 de julio de 2014

Un pequeño cuento

Había una vez una orilla de un río, en la que sentado en la hierba lloraba un niño que sostenía algo entre sus manos. Hacía días que había llegado allí, no sabía cómo, y no recordaba tampoco cuándo. Sólo sabía que estaba agotado y que desde que llegó no había podido parar de llorar. Ni si quiera cuando dormía. Del cansancio se quedaba dormido con aquel objeto envuelto en una tela entre sus manos y cuando despertaba seguía cansado y con lágrimas en los ojos. Había perdido ya toda noción del tiempo. 

Una tarde escuchó unos pasos de alguien también pequeño cuyos pasos también eran pequeños y cortos y sintió que se sentaba a su lado. Era una niña. Él la miró extrañado y le pidió por favor que se fuera. Ella le miró con dulzura, le sonrió y no se movió del sitio. 

-Por favor, quiero estar solo, ¿puedes marcharte a otro lugar? La orilla es muy grande. Por favor, vete. 

La niña, giró su rostro hacia él y le dijo:

-No. Algo me ha traído hasta aquí, así que aquí es donde quiero y debo estar. 

-Por favor, quiero estar solo. Vete. 

-No. Yo también quiero estar sola. Creo que podemos estar solos en el mismo lugar, ¿no crees?

El niño la miró desconcertado y sin saber por qué aceptó. Había algo en aquella niña que le resultaba familiar. No sabía por qué pero se fiaba de ella. 

Al cabo de un rato, la niña sacó de su pequeño bolsillo un objeto envuelto una tela sucia. Y comenzó a desenvolverlo muy muy despacio. Había algo en ella en aquellas lágrimas lentas y silenciosas que le hacía parecer tranquila y a pesar de verla llorar, su lloro no era desconsolado como el suyo. Él se preguntaba por qué. La observó hacer sin darse cuenta de que cuanto más la miraba más se tranquilizaba él. 

Lentamente sacó un corazón con muchas espinas clavadas y allí con toda la naturalidad del mundo comenzó a sacarlas mientras las lágrimas caían por sus redondas y suaves mejillas pecosas. Pasaron varias horas allí en silencio. Ella arrancaba suavemente cada una de las espinas de aquel corazón y cuando hubo acabado comenzó a coser cada una de las heridas que éstas habían dejado abierto por mil trozos aquel pequeño tesoro. 

Él la observaba, atento a cada detalle, a cada movimiento, a cada lágrima que resbalaba, pues en ningún momento ella había dejado de llorar. Sin embargo, no parecía que estuviese tan rota como él. Qué le habrá pasado se preguntaba. Cómo no está llorando a mares con un corazón tan herido. Él durante todos los días que había pasado allí no había sido capaz si quiera de desenvolver el suyo. Le resultaba demasiado doloroso. Necesitaba estar tranquilo para poder hacerlo y ese momento no había llegado por lo que a él le parecía. 

La niña tardó varios días en terminar de coserlo. En todo ese tiempo no cruzaron una sola palabra, se miraban, y sólo con mirarse parecían hablarse. Compartían ese silencio. Compartían ese lugar. Compartían la orilla de aquel río. Cierto día, el niño se dio cuenta de que desde que ella llegó él cada vez se sentía menos triste y hacía días que ya ni siquiera lloraba. Mientras la veía hacer su trabajo se dio cuenta de que se sentía diferente. Había algo dentro de sí mismo que había recuperado cierta fuerza, cierta valentía. Si no hubiera creído que eso no era posible diría que aquella niña estaba haciendo magia. Pero no, la magia no existía. Él lo sabía desde muy pequeñito. La magia era un invento de los cuentos de hadas y eso pertenecía a la fantasía. 

Cuando la niña hubo terminado de coser, cogió aquel frágil objeto, se levantó y con sumo cuidado se fue acercando al agua, lo sumergió y lo lavó muy despacito. Cuando terminó, le pidió al niño que lo sostuviera durante un instante rompiendo aquel silencio, y las palabras en lugar de entorpecer el momento, entraron como un sonido muy suave, muy dulce, casi como un arrullo. Él posó en sus piernas su propio objeto y con mucho cuidado y mimo sostuvo el corazón que ella le dio. Vio cómo sacaba de su bolsillo un pañuelo blanco, impoluto, lo extendió en el suelo con suavidad, se le acercó y le pidió con un gesto que se lo devolviera. Cogió su pequeño corazoncito, le dio un beso y lo envolvió en el pañuelo con una ternura y un amor infinitos. Una vez lo tuvo bien tapadito, lo acarició con mimo, lo abrazó y se lo dio a él diciéndole:

-Ten, ya está curado; ¿me das el mío, por favor?

El niño se quedó completamente parado. ¿De qué hablaba aquella niña? ¿estaba loca? ¿de dónde había salido? 

-No, no puedo. Éste es el mío y no te lo puedo dar, lo tengo que arreglar y no sé cómo. Tú ya has arreglado el tuyo, quédatelo y déjame solo. No sé quién eres. 

Ella insistió suavemente pero muy firme:

-Ten, ya está curado; ¿me das el mío, por favor?

El niño no daba crédito, la miraba sorprendido y con miedo pero una vez más, algo en su interior le hizo confiar y se vio a si mismo dándole el que él pensaba que era el suyo. En ese momento, algo le pasó por dentro, miró el corazón reparado, envuelto en un pañuelo limpio, impoluto, blanco, puro y se sintió feliz y en paz por primera vez en su vida. Aquel corazón sí era el suyo, la niña tenía razón, cómo pudo haberlo sabido. Cómo era posible que aquel otro tan roto que tenía en el regazo no fuese el suyo sino el de ella. ¿Magia? ¿Había sido un sueño? ¿Se había vuelto loco? Sea como fuere, cuando ella se lo dio, él sintió que le pertenecía. Debía por tanto ser suyo. En ese momento, sin entenderlo miró a la niña, la abrazó con ternura y le preguntó:

-¿Cómo supiste que llevabas un corazón que no era el tuyo? 

Ella le contestó:

-No lo sabía. Sólo seguí una luz que me condujo hasta aquí, al verte aquí, sentado, llorando y con un algo envuelto en un trozo de tela, sentí que tenía que quedarme aquí. Nunca supe que no era el mío hasta que cuando comencé a sacar espinas vi que por cada una que sacaba tú cada vez llorabas menos hasta que dejaste de hacerlo. Cuando lo saqué del río y te miré, ya no vi dolor en tus ojos. Por eso decidí devolvértelo curado y mimado. 
Ahora, por favor, vete tú, déjame sola, necesito hacer lo mismo con el mío. 

El niño la miró y con una resolución infinita de la que ni siquiera se sorprendió, le dijo:

-No, no te lo puedo devolver tal como está. Déjame arreglarlo, quiero hacerlo. He visto cómo lo hacías, creo que he aprendido cómo. Déjame intentarlo, por favor. 

Había tanta verdad en su mirada que la niña le miró, sonrió y asintió. 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Jamás había llorado así con un escrito.
Seguro que el niño puede aprender. Seguro que no sabía que tenía el corazón tan roto.
Tienes un don.
Luz.

Laura Estévez dijo...

Siento haberte hecho llorar, Anónimo. En algún sitio leí que no todas las lágrimas son malas. Creo que ahí había verdad.

Seguro que puede. Ya lo ha hecho.

No sé qué es. Como la niña, simplemente supe que quería aprender a coser.

Siempre hay una luz.

Gracias por comentar.

Anónimo dijo...

guau! .
no tengo palabras.....necesito un emoticono de esos y el que utilizaria seria el de una cara con una sonrisa ,pero .....tambien se me queda corto.
seria ........una mezcla de ternura, complicidad, sencillez , profundidad ....no se, una sonrisa de esas que atraviesan el tiempo y el espacio...bueno, no se describirlo hermanita, pero es una sensacion superbonita la que me has dado. gracias