jueves, 27 de febrero de 2014

Acantilado

Era como si hubiera vivido ya varias vidas y en cierto modo se hubiera cansado ya de hacerse preguntas. Había conseguido demasiadas respuestas y muchas de ellas no le causaban placer, más bien lo contrario; había alcanzado tanta sabiduría que dejó de creer en la magia. Para él, no existía; en un mundo tan terrible como el que había conocido, no podía haberla, el horror de la guerra, el dolor del corazón, la pérdida de su familia y amigos, la ambición desmedida, el egoísmo, la pereza, la mirada de un niño en ese instante antes de morir, en fin…todo aquello había destrozado para siempre ese frágil órgano, había arrasado con cualquier posibilidad de creer que aún había algo maravilloso en el mundo a pesar de toda esa negrura.

Le había llevado tantos años levantar aquel muro que sin él no podía considerarse a sí mismo. Antaño fue una piedra, más tarde una roca, luego dos, y así sucesivamente, con cada nuevo golpe ganaba altura y consistencia hasta que llegó a construir un acantilado. Aquella era su manera de protegerse de las olas, de la violencia del mar y del viento, de la lluvia, de los rayos y funcionaba ¡caray si funcionaba! según él era lo mejor que había hecho en toda su vida. Mientras él tuviera el control podía vivir más tranquilo, no feliz por supuesto, pero aquello era una utopía para él, simplemente era un término del diccionario en el que obviamente no creía, quizá hubo un tiempo en que sí, pero desde luego ese tiempo había quedado relegado a ese rincón cubierto ahora de polvo, ese rincón en el que las almas perecen hasta que el cuerpo decide irse con ellas.

Había perfeccionado tanto su método, que hasta eso era brillante en él. Aquel inmenso conjunto de rocas tenía incluso belleza, producía una extraña fascinación. Un trabajo de ingeniería excelente desde luego, no parecía construido por el hombre, pero como sí lo era, no había contado con el margen del error humano. Igual que le protegía de lo malo, también le protegía de disfrutar con alegría de la luz del sol, del cielo despejado, de la quietud del mar en calma, del sonido de los pájaros, ése fue el precio que consciente o no estaba pagando. Aquello fue lo que le hizo olvidar que a veces, cualquier humano, por brillante que sea necesita dejar entrar la luz para que su propia luz interna pueda volver a encenderse e iluminar de nuevo su alma.


Cuentan los ancianos del lugar, que hubo una tormenta tan fuerte que el cielo parecía partirse en dos, parecía que el mar cubriría la tierra entera. El ruido de los truenos era ensordecedor, todos creían que se acercaba el fin…incluso él temía por su propia vida, aquella vida que en ocasiones, en la oscuridad, veía ya con indiferencia. Afortunadamente cesó de repente y el cielo que se vio después de aquello todavía llena de esperanza los corazones de la gente, el sol era de un azul maravillosamente dulce, el sol iluminaba calentando lo justo, la brisa soplaba, el mar se calmó y fue uno de los días más bellos que tuvieron la suerte de disfrutar. Aquel día, al volver a su estudio, vio que la tormenta había venido con una misión, justo antes de acostarse, en ese momento conocido como duermevela, descubrió una grieta en su acantilado particular, pudo verla, porque de ella salía un pequeño rayo de luz.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Tus textos tienen siempre tantos matices, tantos niveles... No dejes de escribir, por favor.

MML

Lady L dijo...

Graciñas, MML! A ver, no soy yo sola, son las musas, las seguiré invocando para que me ayuden a seguir :)

Anónimo dijo...

que chulo